Una vez me dijo un terapeuta, hace ya unos tres años, que tenía rasgos de obsesiva compulsiva. Honestamente me pareció ridículo. ¿Qué tiene de malo ser limpia y lavarse las manos cada tres minutos? En fin, decidí despedirlo, no por su falta de acierto en el diagnóstico (un error lo puede tener cualquiera, bueno… yo no tanto), sino más bien porque tenía el horrible hábito de golpear la lapicera en series de tres golpes, espaciados cada tres segundos, siempre que de mí salía algo – aparentemente – interesante. Era el preludio al registro de alguna asociación genial. Como si la inspiración le viniera “de golpe”; pero no a él, a la lapicera, que necesitaba abrir el juego de ideas precedida por tres golpes consecutivos. De cualquier forma mi proceso creativo era sumamente breve. Me era imposible no registrar dicho movimiento de frecuencia y período en tripletes, haciéndome perder el hilo total de lo que estaba diciendo. Las ideas se me escapaban porque estaba sumida en el ritual de la “santísima trinidad” de los golpes sistemáticos del diván. Estaba claro que aquello no me dejaba avanzar y antes de la tercera sesión decidí abandonar la terapia.
Bajé por la boca mugrosa del subte y una joven apurada por aventajarme (seguramente creyendo que iba a ponerme en la cola de la boletería) pasó de costado, empujándome inevitablemente hacia la baranda contaminada. No me quedó remedio más que aferrarme con la mano izquierda para no rodar por la escalera, que estaba más inmunda, donde había desde escupitajos hasta restos de comida en estado de putrefacción. En ese momento recordé al estructurado analista. Sobre todo porque en el segundo en que toqué la baranda virulenta me di cuenta de que había dejado el alcohol en gel en la otra cartera. Esa cartera sumamente cómoda, pero que no iba con mi perfecto atuendo cromáticamente pensado en una combinación de tres colores. Porque combinar más de tres colores es un atentado a la vista; no menor que combinar menos de tres colores, que es además aburrido. Ya llegaba tres segundos tarde a tomar el subte. Pensar que esta estúpida me hizo contaminar la mano con la baranda podrida y en vano, porque yo por supuesto tengo la tarjeta magnética y jamás me quedo sin pasaje. Ahora tendría que ir todo el viaje, con sumo cuidado, atenta a la mano infectada y evitando el contacto con cualquier otra cosa: la ropa, la cartera y sobre todo la cara.
Finalmente logré llegar al andén sin rozar paredes, ni barandas, ni gente y con la mano izquierda extendida y bien alejada de mí – cuidando contar tres pasos para hacer el movimiento perfecto de pasaje por el molinete – acerqué el bolsillo de la cartera a la lectora de la tarjeta magnética, sin tocarla, con la ayuda de la única mano estéril que me quedaba; pasé y enseguida me choqué contra alguien. Al levantar la cabeza vi que el andén estaba repleto. Había demora. La gente era mucha y el calor no ayudaba. Me sofocaba ante la falta de espacio, se me dificultaba mantener una distancia segura. Al asomarme divisé el reflejo de la luz de la máquina sobre la pared del andén, normalmente hubiera esperado al próximo tren, pero no podía llegar tarde a trabajar, así que debía subirme de todas formas.
Por supuesto nunca me agarro ni de las manijas ni de los caños; ni loca me siento sobre esos tapizados roñosos. Me paro de costado y hago perfecto equilibrio sin tocar nada. Si la cantidad de gente es aceptable (siempre viajo en hora no pico para asegurarme de que así sea), no tengo problemas en estabilizarme sin la necesidad de sostenerme. Pero hoy no iba a ser ese el caso. Una vez adentro quedé en el medio del tercer vagón, parada en un punto equidistante a las dos puertas más cercanas. Al principio tenía un radio de acción tolerable, pero en la primera estación subió bastante gente. Se me hacía difícil mantener la mano a distancia; aunque mucho más difícil era distanciarme de la masa endémica de personas amalgamadas. Una mujer de amplias proporciones se paró a mis espaldas y decidió apoyar todo su peso sobre mí, sumándose éste a mi propio peso. Todo sin ningún apoyo externo. Hasta ahí aguanté bastante bien la inercia. Pero antes de llegar a la siguiente estación, un señor muy alto, de traje azul, decidió invadir mi flanco izquierdo y, sin previo aviso, me empujó, haciéndose lugar. La fuerza aplicada por el tipo, sumada a la fuerza aplicada por el culo de la vieja, dio una resultante cuyo vector iba en dirección inequívoca hacia el caño; caño asquerosamente grasoso, del cual no tuve más remedio que tomarme con mi mano derecha, para evitar la caída de los tres.
Con náuseas de solo pensar en la inmundicia de mis manos, decidí aprovechar que varias personas bajaban en la estación Pueyrredón para reubicarme de forma tal que pudiera extender ahora los dos brazos, ya que tenía ambas manos completamente contaminadas. Era imperativo que salvaguardara al menos la ropa y el bien combinado bolso de los gérmenes inmundos que colonizaban mis manos. Todo fue inútil. A los tres segundos de abierta la puerta otro imbécil que estaba sentado, leyendo, cerca de mí, se acordó de bajarse y pegó un salto sorpresivo desde el asiento. En aquel movimiento desgraciado el muy forro me usó como palanca, haciéndome girar; la fuerza centrífuga me obligó a agarrarme de la cartera y al perder la estabilidad caí al piso del vagón, perdiendo control total sobre la contaminación, que a esta altura era casi completa.
Me faltaba una estación, con lo cuál decidí pararme al lado de la puerta, intentando no tocar más nada. Una señora, acompañada por su hijo, se acercó prematuramente a la salida, anticipando el descenso del vagón. Ambos decidieron pararse, incómodamente, cerca de mí. En ese instante creo que algo le dio alergia al chico que arrugó la nariz y respiró hondo. Presencié en cámara lenta como se llevaba (tarde) la mano a la cara, intentando frenar un estornudo volcánico que había explotado en miles de millones de microgotas que se veían a trasluz, viniendo a parar hacia mi cara (seguramente cargadas de una innumerable cantidad de virus y bacterias), justo en ese segundo en donde yo, muy infelizmente, había decidido respirar profundo, intentando tranquilizarme. Para rematarla, porque no le fue suficiente rociarme con toda su micro flora, el pendejo maleducado decidió limpiarse sobre mi pierna, dejando la impresión ensalivada y moqueada de su manito asquerosa en mi pantalón.
Desesperada me bajé en la estación Bulnes y entré corriendo a los baños aceptablemente limpios del Shopping. Me lavé con agua y jabón las manos durante tres minutos, tratando de aminorar la gravedad del asunto. Una vez higienizadas las manos, agarré un papel para no tocar directamente la cartera todavía sucia. Abrí el cierre y rescaté la billetera. Me metí en el local de ropa más cercano y elegí tres prendas al azar; eso sí, pedí que me las trajeran del depósito, no iba a comprar la ropa colgada que se prueba todo el mundo. Me cambié y tiré lo infectado en un tacho.
Ni bien llegue al trabajo voy a buscar en la agenda el teléfono del analista. Después de la experiencia agobiante de aquel viaje en subte, tenía que hacer algo. No podía continuar así, necesitaba tratar de entender por qué seguía insistiendo en viajar en transporte público. Era hora de enfrentarme a mi misma y cambiar las cosas. Era hora de crecer, de madurar. Era hora de pensar en comprar un auto.
2 comentarios:
Excelente, leí todo el texto pero comento acá.
Si a vos te es difícil, imaginate a mí. Trabajo en una sala de ensayo, todo es metal y vidrio y suciedad. Cada vez que saco el alcohol en gel algún rockero me mira o me dice: qué puto eh!
Parece ser que el hecho de no querer pelos en la bañera u odiar que después de lavar los platos quede toda la mesada mojada, es signo de algún trastorno.
Prefiero pensar que el standard de limpieza de la gente es bastante bajo y que vivir en una ciudad donde millones y millones de personas comparten el espacio público, no ayuda.
Un auto puede ser una gran solución. Irse a vivir a otro lado, la salvación.
Gracias Abel! Igual está llevado al absurdo un poco, sino no podría viajar en subte todos los días!
Pero un poquito de realiad hay en el relato, trato de no olvidarme el alcohol en gel ;)
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