viernes, 15 de octubre de 2010

Súper Lucía

“Ante un problema, arremangarse y tirar para adelante”. Eso decía la abuela de Lucía cada vez que al abuelo lo echaban de un nuevo trabajo; acto seguido iba la vieja con la columna desviada y laburaba turno doble en la fábrica de Don Victorio. Listo, problema solucionado. Dado que sus padres tenían trabajos de jornada completa, todos los días Lucía y sus hermanos iban directo a la casa de los abuelos justo después de la escuela. Se quedaban ahí hasta las siete de la tarde, hora en la que su madre iba por ellos. Lucía era la encargada de preparar el almuerzo, poner la mesa y servir a los hermanos y al abuelo (siempre deprimido por estar desempleado). Le dejaba todo preparado a su abuela que llegaba a la hora de la siesta para almorzar. Por supuesto Lucía también se encargaba de lavar los platos, y mientras los hermanos jugaban a la pelota en el patio, ella hacía la tarea y estudiaba. Era una alumna ejemplar, siempre abanderada, siempre buena compañera. Así fue que se convirtió también en una aplicada estudiante universitaria, promedio "9.9" y diploma de honor; consiguiendo trabajo incluso antes de recibir su título. Por supuesto trabajaba doce horas y le pagaban una miseria, pero ella era muy entusiasta. Colaboraba con sus compañeros de trabajo y a menudo planteaba nuevas ideas para optimizar el funcionamiento de la oficina. Parecía ser una exitosa, joven profesional, y no solo eso, además tenía un novio de esos que todas las mujeres envidian. Lindo, carismático, trabajador, tan buen médico que era jefe de residentes en el hospital donde cursaba su último año de residencia. Todo parecía ser perfecto en la vida de Lucía que ante todo, siempre tiraba para adelante.
Pero Lucía tenía un problema secreto. Una fobia. No podía bajo ninguna circunstancia abrir el cajón de su mesita de luz. Permanecía bajo llave perpetua, nadie sabía qué había ahí, ni siquiera su novio; y no eran drogas: no era merca lo que esta “súper mujer” escondía. Cuando le preguntaban por aquel cajón ella no decía nada, casi como si no supiera de qué le estaban hablando. Incluso parecía sorprendida ante las interpelaciones esporádicas que recibía al respecto. La chica que limpiaba el departamento una vez por semana sospechaba que podía tratarse de una pareja sadomasoquista. Tenía la fantasía de que si algún día encontraba la llave de aquel cajón místico se iba a topar con toda clase de artefactos a pila y juguetes sexuales; quizás hasta un látigo (no era tan grande como su imaginación el cajón, evidentemente) y quién sabe si no tendrían disfraces escondidos, o ¡Marihuana!
Una tarde Lucía, que estaba tapada de trabajo, es llamada por su jefe, con el pretexto de necesitar la ayuda de su más eficiente empleada. Era un tipo de unos 56 años, de esos que tienen un segundo matrimonio con la primer secretaria que le asignaron. Pero el señor no la requería por sus habilidades laborales, solo la invitó a cenar con la explícita finalidad de poder terminar en una cama de hotel con ella. Propuesta a la que Lucía se negó rotundamente, pero su jefe estaba determinado, y si ella no accedía, lo más probable era que decidiera despedirla. El problema era que Lucía pagaba unas ajustadas cuotas de un crédito que había sacado para poder comprar el departamento en el que vivía con su novio. Con él no contaba para el pago de cuentas, guardaba todos los meses la mitad de su sueldo para celebrar con un viaje por Europa el final de su carrera como médico. Con la otra mitad se compraba ropa. Ella no podía quedarse sin trabajo, podía hasta costarle su relación.
Llegó a su casa, angustiadísima, preocupada, sin saber qué haría con lo que le planteaba su jefe. Al menos su novio estaba de guardia y no tenía que preparar la cena, porque admitía que al menos hoy, no tenía ganas de tener que cocinar y lavar todo como siempre. Intentó relajarse dándose un baño, pero no lo consiguió. En el preciso momento en que empezaba a entregarse al ruido del chorro de agua, cuando los ojos se le cerraban y se dejaba ir, sonó el teléfono. Era su madre, necesitaba que la ayudara a convencer a su padre de que llamara a su hermano, con el que estaba peleado. Ahí fue Lucía y llamó a su hermano, llamó a su padre, tuvo que mediar y solucionar el conflicto; de lo suyo nada. Para qué molestarlos con lo del jefe, ya tenían suficientes problemas. Decidió meterse en la cama. Pero no podía dormir, la idea de tener que enfrentar aquel problema la invadía, no podía dejar de pensar y maquinar, estaba desbordada. Entonces agarró un anotador y una lapicera.
Esa noche abrió el cajón. Pero Lucía no durmió, es que ya no había más espacio. Ella había aprendido que metiendo los problemas en el cajón de la mesita de luz podía continuar con su vida, siempre para adelante. Por eso cada vez que algo la atormentaba, lo único que tenía que hacer era escribir el problema en una hoja de papel y guardarlo bajo llave. Esto le había resultado durante años, pero no contaba con que el cajón algún día se le iba a llenar.
Por la mañana su estado de euforia era insostenible: no sólo tenía este nuevo problema, sino que además, a raíz de la superpoblación de papeles, había queriendo meter a presión la parva de escritos, intentando cerrar forzosamente el cajón, con la mala suerte de que ante el movimiento brusco se le había roto la traba. Ahora cargaba con todos los problemas que había almacenado durante 29 años sin resolver. Una contrariedad, sin dudas. Tuvo la brillante idea de ir a la cocina en busca de una bolsa de consorcio, nunca lo había pensado, pero podía armar una linda fogata con todo aquello. Era hasta mejor que guardarlo, de esta manera realmente desaparecería, dejaría de existir y ella podría finalmente seguir adelante. De un saque puso todo adentro de la bolsa, tomó una caja de fósforos, una botella de alcohol, se puso una bata y se dirigió a la calle. Armó una pila de hojarasca y depositó la bolsa encima y sin prestar atención a los hilitos de alcohol que colgaban de la botella, contó hasta tres y expulsó un fósforo encendido, que con mucha mala suerte fue a caer bien en el borde de la pila, tan cerca de ella que en la explosión súbita de la combustión, enseguida le agarró la puntita de la bata; bata que resultó ser tremendamente inflamable y comenzó a calcinarse.

Lo que Lucía no sabía era que no podía deshacerse de sus problemas sin enfrentarlos, tarde o temprano se te plantan en frente y te queman las pestañas.

1 comentario:

V^^^V dijo...

Muy bonito :)
Son tan peligrosas las batas superinflamables!