miércoles, 12 de enero de 2011

Postergación

Luego de un largo año de trabajo, preocupaciones y responsabilidades, las vacaciones en general, sirven para descansar y despejar la mente de todo aquello; una especie de oasis de relajación entre las arenas del desierto de la cotidianeidad. Esto no era así para Hada cuyas vacaciones no habían servido para descansar luego de un año de trabajo. Esas eran las vacaciones del común de la gente, las de Hada habían sido un paréntesis, una pausa, pero no de su trabajo, sino de su cabeza. Claro que había tomado sol, había leído un libro más de Cortázar, había escuchado música y dormido 10 horas por día; pero oculto, hibernando durante las ferias estivales había algo dormido, latiendo casi imperceptiblemente. Es que Hada sufría de un terrible pánico, un miedo paralizante que oprime a la humanidad desde siempre, miedo que tan bien supo retratar Shakespeare y que resulta ineludible para muchos jóvenes adultos hoy; Hada no podía decidirse.

Cualquier persona medianamente normal se toma un tiempo considerable en analizar las variables existentes frente a una decisión, generalmente se ponderan las posibles consecuencias de la toma de las mismas y se evalúa el riesgo que se corre frente a las distintas posibilidades; finalmente se decide algo. Pero Hada no podía, para ella el proceso era infinitamente estirable, siempre podía darse una vuelta más, siempre aparecía un factor que no había tenido en cuenta inicialmente, y a partir de la inesperada variable se abrían más ramas de las cuáles brotaban nuevos racimos de posibilidades y riesgos asumibles (o no); razón por la cuál, para Hada, toda decisión era inequívocamente postergable y por definición imposible. Una indeterminación matemática, inagotable, cuyo intento de resolución caía asintóticamente en la eterna paradoja de la indecisión.

Con el final del receso prevaleció la continuidad de la vida común y cotidiana, la evolución temporal del deterioro frente al espejo, la inminente realidad pisándole los talones. No pudo evitar comenzar a pensar. Se acordó del miedo, de la incertidumbre, del peso. Trató de concentrarse en el trabajo, y aunque pasó el primer día bastante bien, esa noche no durmió. Es que tenía que ponerse al día, había dejado de pensar durante un mes entero, y su cerebro tenía que ajustarse a la realidad a toda velocidad. Le dolía la cabeza, sencillamente era demasiado trabajo, las neuronas estaban saturadas de tanta sinapsis en cadena, cada rama terminaba en un nodo del cuál se abrían dos posibilidades, a partir de las cuales se abrían más ramas con nodos sucesivos y así infinitamente, la red de pensamientos adquiría la forma compleja digna de la geometría fractal y se alejaba exponencialmente de una resolución en el dominio de los reales.

Claro que Hada era así para todo. Su mayor temor era quedarse sola y sin embargo repetía incansablemente el vínculo del abandono sistemático, en donde lo único seguro a largo plazo era retornar al mismo punto solitario. Lugar desde el cuál todo posible futuro parece abrumadoramente terrorífico como consecuencia de una incertidumbre crónica, originada en la racionalización perpetua del ser o no ser, hacer o no hacer, partir o no partir, gastar o no gastar. Si de hecho fuera, hiciera, partiera y gastara, nada garantizaba el éxito del emprendimiento, lo cuál, una vez más, ponía en duda su ejecución y la obligaba a evaluar nuevamente si la inversión sentimental, física y económica se justificaba frente a una plausible y palatable posibilidad concreta de fracaso. Fracaso que no dependía para nada de ella, con lo cuál se sentía aún más vulnerable y pequeña.

Finalmente, después de tres noches consecutivas deprivadas de sueño, Hada concluyó que había que pasar al acto. Lo que fuera, pero ya no podía continuar de esta manera. Decidió al menos algo y entendiendo que tanto nudo sólo podía ser desatado por el azar. dispuso su destino en las manos de una moneda de cincuenta centavos. Cara: no ser, seca: ser. Lanzó la moneda al aire y en ese instante (que fueron mil años) le pareció ver en cámara lenta como su vida se intercalaba entre una “cara” y una “seca”, lo que resultó ser una irónica analogía con su vida entre una cara sesión de terapia y una eventual pero salvadora seca; se sintió aliviada y feliz de no tener que ser ella la que tomara la decisión final. Hasta que cayó la moneda. Había que enfrentar el resultado. Era cara: “no ser”. Probablemente era la opción menos riesgosa, la más correcta, la coherente. Pero Hada sentía una angustia terrible, porque si es cara, entonces nunca podría ser seca y siempre iba a preguntarse qué hubiera sido “ser”.

2 comentarios:

V^^^V dijo...

Mientras la moneda esta en el eire girando irremediablemente, suelo darme cuenta que es lo que realmente quiero que el azar dicte.

Incógnita dijo...

Absolutamente, es la mejor forma de saber qué es lo que uno en realidad quiere.