Todo empezó el lunes bien temprano. Nada parecía estar fuera de lugar, se levantó como siempre enojada con el comienzo de la semana, la ducha, el desayuno, el viaje (escuchando música que la conmovió hasta empañarle la vista), llegar al trabajo. Entró, se desabrigó, prendió la computadora, bajó a buscar una taza de café, inclusive llegó a chequear sus e-mails (buscaba algo). Entonces miró el calendario a su izquierda y se acordó; ya había perdido el turno con el médico. La invadió un profundo sentimiento, pero no era la angustia por haberse olvidado, lo que sentía; no tenía idea qué era exactamente. Continuó su día aunque fue incapaz de trabajar, sencillamente no lograba concentrarse en nada.
Martes, malhumorada se levantó tan temprano que todavía era de noche, sabía que para poder cumplir con todo en un plazo de 14 horas tenía que salir al menos 2 horas antes de su casa. Eso hizo. Se fué repasando mentalmente los pasos a seguir, eran muchos, y aunque ya conoce de memoria su trabajo decidió repetir sistemática y absolutamente todo; no era para menos dado el antecedente del día anterior. Evidentemente iba entendiendo que parecía no ser ella misma estos días. Llegó al trabajo y comenzaron las tediosas 8 horas sin parar. Casi llegando al último tramo, apurada, se dio cuenta del error. Se saltó un paso y por supuesto... arruinó las 8 horas de trabajo. Otra vez la angustia. Terminó como pudo y apurada salió, corrió, y llegó al subte, abrigadísima, después de todo era el día más frío del año. Al salir de la boca de subte (transicionó del ambiente sofocante al frío agudo), y caminar en dirección a la avenida 9 de Julio a tomar la camioneta, comenzó a escuchar el sonido de los bombos y los silbatos; corrió en vano temiendo estar a punto de perder la reserva. Una marcha atravesaba la 9 de Julio, una columna de gente ocupaba de lado a lado el ancho de avenida Corrientes. Bastante la indignaba que existiera gente con la convicción de tener el derecho de decirle a otros cómo vivir su vida. Encima la marcha en contra del matrimonio gay. Hoy no iba a terminar nada bien tampoco. Mucho menos llegar a horario.
Miércoles. Sale de su casa pensando en la pelea que tuvo con su madre la noche anterior. Le había pedido que alcanzara unas llaves cerca de su trabajo. Es que con todo lo que había salido mal necesitaba más que un miércoles para ponerse al día. Aún así para evitar conflictos, se desvió y llevó las llaves. Entró al trabajo, tarde, se desabrigó, prendió la computadora, y mientras esperaba que iniciara windows miró hacia la izquierda y advirtió por segunda vez en la semana el aparentemente inútil calendario. Turno para un estudio, perdido. A esta altura empezó a dudar de su cordura, aunque se quedó medianamente tranquila ya que recordó que esa tarde tenía terapia.
Durante la sesión aceptó que evidentemente su inconsciente estaba queriendo decirle algo; pero no fue sino hasta el final que la punta del iceberg salió a flote. Eso, ese, aquello, él, de lo que no se habla; porque si se habla entonces a ver si se convierte en cierto(¿Cómo puede ser cierto si no es real?).
Jueves, al menos anoche durmió bien. La música en el viaje de ida le empañó los ojos, cómo había sido denominador común en la semana, pero el jueves además, le robó una sonrisa. De repente estaba de buen humor, y no sabía bien por qué, pero venía feliz, con el solcito en la cara, cantando (casi bailando):
“People moving all the time inside a perfectly straight line don't you wanna curve away? When it's such… It's such a perfect day It's such a perfect day. Now the sky could be blue I don't mind Without you it's a waste of time…”
“It’s such a perfect day” con el sol en la cara, no pudo evitar sonreir... durante dos segundos, hasta que entendió el por qué de su buen humor. De repente todo cobró sentido. No iba a poder ocuparse de otra cosa, porque eso era lo que llenaba su cabeza por completo. Estaba funcionando en piloto automático, y no podía hacer nada para evitarlo. No podía ni quería evitarlo.
La capacidad de espacio en su cabeza para sostener en paralelo semejante número de preocupaciones y barajar en paralelo, semejante número de intentos de resoluciones a los problemas que generaban esas recurrentes preocupaciones es realmente inhumana.
Ese día se olvidó de terminar la única parte que había sobrevivido del trabajo empezado el martes. Fue recién el viernes que lo descubrió. La semana entera estaba perdida.
Finalmente colapsó, tanta angustia, tanta rabia, tanta preocupación, se derramaron en un breve empaño que rebalsó toda contención y limpió con lágrimas sus ojos. Con la vista clara, ya no pudo dejar de ver aquello que había estado siempre en frente de ella.
1 comentario:
Ufh... cuánta angustia junta, cuántas cosas por resolver, cuántas ganas de seguir intentando..
El tema de vivir en piloto automático, lo hemos hablado.. muy difícil tomar las riendas de la vida..
Nos llenamos la boca hablando de independencia y libre albedrío, pero a la hora de hacernos cargo de nuestras vidas.. empiezan los interrogantes.
Ojalá que la muchacha de la historia siga luchando por estar mejor, controlar sus acciones y poder tener muchos más momentos de risa, de sol y de que sea "such a perfect day"
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