Despertó, aunque no era conciente de ello, todavía conservaba la sensación de angustia que la invadía en sueños; pero enseguida sintió el sabor amargo de la mañana. Casi en el olvido total, confundida, aturdida y sin entender donde estaba ni qué día era, cobró valor y abrió los ojos; ahí estaba, justo delante, una tremenda barriga, su inevitable destino. Recordó aquel “detalle”, era tan real, había crecido lo suficiente como para que fuera imposible ignorarlo. Transpiraba del calor con lo cuál el aire fresco que la rozó, al hacer a un lado las sábanas, le resultó una caricia necesaria, aunque insuficiente. Logró sentarse muy a pesar del dolor que sentía mayormente en la cintura, enseguida sintió que le faltaba el aire. Bajó ambas piernas hacia el lado izquierdo de la cama, contó hasta tres, respiró hondo y con la ayuda de sus brazos, algo hinchados, hizo palanca. Se levantó de la cama sintiendo que el peso ineludible de su embarazo le caía encima como nueve gravedades terrestres; sin mencionar la presión de la vejiga a punto de explotar.
Decidió tomar un baño, necesitaba refrescarse antes de salir. Todavía no había comenzado la licencia por maternidad, aunque ya faltaba menos de un mes para la fecha estimada, debía ir a trabajar para ultimar algunos detalles antes de abrir semejante paréntesis en su cotidianeidad. Transcurrió una hora de baño, reflexionando, sumergida, con la radio sonando de background, ahogada por el ruido del agua que chocaba contra la anegada bañera. Al salir se dirigió a la habitación para elegir qué ponerse. Hacía tanto calor, el vestido azul cruzado (que le quedaba ya casi abierto) sería ideal; luchó para pasar los brazos por las mangas, cruzó las tiras y al atarlas le quedó un moño bastante más corto de lo usual, rodeando un canto de la panza (a esta altura bien esférica) a modo de adorno. “Ya quisieras poder cerrar esta historia con un moño”, se dijo a si misma y se contestó con una carcajada triste, mirándose al espejo casi sin reconocerse.
Tomó el desayuno apurada, dos tostadas y mate, como siempre. Acomodó todo lo sucio en el lavaplatos, hizo pis, agarró el bolso, puso la llave en la puerta, ingresó el código de la alarma para desactivarla antes de salir. De repente sintió el dolor de una tremenda contracción. Pasó. Respiró hondo, pero casi sin interrupción vino la segunda aún más intensa. Enseguida supo que estaba a punto de dar a luz. Lo cierto es que estaba muy al tanto de todo lo que debía ocurrir, había investigado minuciosamente el tema y asistido a cuanto curso de preparto estaba a su alcance; pero tenía una horrible sensación subyacente que no le permitía sentirse segura. Esto no debía estar sucediendo. Trató de pensar con claridad, una nueva contracción se lo impedía, tomó el teléfono e intentó comunicarse con alguien. El tono siempre daba ocupado, o sonaba infinitamente y nadie atendía; marcó los números de cada persona que se le cruzó por la mente y nada, era desesperante. En ese momento de incertidumbre pensó en él, pero no permitió que la idea evolucionara; estaba por dar a luz y no podía distraerse, debía llegar a la clínica – la clínica ¡claro! –, caminó como pudo hasta la habitación en donde estaba anotado en una libreta el número, llamó con la esperanza de conseguir una ambulancia que fuera a buscarla. Varias veces insistió, hasta que logró comunicarse, pero finalmente fue en vano, le dieron la negativa. Junto con la frecuencia de las contracciones, la sensación – que ya no era desestimable – había aumentado y la gobernaba por completo. Agotadas las alternativas de las posibles soluciones, entendió fuertemente que aquello que estaba experimentando, lo que sentía, no era el dolor característico del trabajo de parto, era un desolador desamparo. Estaba irrevocablemente sola.
Despertó, aunque no era conciente de ello, todavía conservaba la sensación de angustia que la invadía en sueños; pero enseguida sintió el sabor amargo de la mañana. Casi en el olvido total, confundida, aturdida y sin entender donde estaba ni qué día era, cobró valor y abrió los ojos; pero justo delante, no había nada.
2 comentarios:
Chabona!!! no se bien como llegué aca, pero esto esta genial. Relato que atrapa.
Aplausos, y la gente de a poco se levanta de sus butacas, buscando estúpidamente la salida más cercana que les devuelva su libertad, su regreso a la nada.
Saludos!!!
Muchas gracias!! =)
Saludos!!!
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