lunes, 21 de febrero de 2011

Dulce Tentación

Era incluso mejor de lo que imaginaba, le parecía que había anhelado toda su vida poder tenerla entre sus manos y finalmente probarla, saberla única y no una más del montón. Destinada a llegar a él en el momento más inoportuno y aún así tan necesaria. Pero lograrlo le tomó una eternidad.


Camino a casa solía imaginar cómo sería el aroma, el gusto, fantaseaba con lo que sentiría al poder tomar posesión, enterrar sus incisivos y saborear lo tan infinitamente esperado. No podía satisfacer esa falta con nada, el deseo estaba puesto irrevocablemente allí, en su esencia, en su frescura, en su jugo. Sólo pensar en la ambigüedad de su aspecto carnoso y exquisito lo hacía estremecerse, se veía invadido por un escalofrío ascendente. El hambre y la insatisfacción lo colmaban de angustia. Pero ya quedaba poco para llegar a destino.

En vano decidió intentar desviar la atención, los carteles, la radio, los autos, todo lo hacía pensar en una sola cosa. Lo malo de acumular las ganas es que es imposible contenerlas, en algún momento superan los límites y se adueñan de toda voluntad; en cuyo punto es inútil cualquier intento de frenar el impulso y la única posibilidad de sosiego yace detrás de la realización del deseo. Todo parece estar relacionado con aquello, uno se convierte en adicto, en esclavo, en obsesivo compulsivo, primitivo, despojado de razón, pasa a ser necesario para la supervivencia misma poner toda la energía e ímpetu en fijar el objetivo y dirigirse firmemente hacia él sin escalas, en calmar el apetito. Apetito que a estas alturas pareciera ser dolorosamente insaciable.

La decisión estaba tomada. Enceguecido pisó el acelerador y supo que ya no había retorno. Estaba sorprendido de sentirse aliviado al borde del acto, a punto de llevar a cabo aquello que solo parecía posible en sueños. Manejó las últimas cuadras como anestesiado, en paz con la certeza de la culminación de una larga espera. Sintió la emoción propia de un niño que juega a las escondidas, la adrenalina de estar oculto, intentando llegar a la “casa” sin ser descubierto, se relamía de antemano con la satisfacción de poder darle un mordisco al fruto prohibido aunque le costara la estadía en el “paraíso”. Valía la pena. Nada podía igualar el placer de convertirse en la transgresión, se sintió preparado finalmente para aceptar su suerte y disfrutar del éxtasis. Abrió la puerta como si abriera una celda y liberara mil años de opresión y represión. Con cada paso se quitaba una prenda, de a una, las capas externas iban siendo peladas despacio, con cuidado, desnudándolo hasta dejarlo en el punto más exquisito y vulnerable posible de su ser.

Fue en la cocina que finalmente quedaron frente a frente y en igualdad de condiciones. El nivel de ansiedad y excitación era inaguantable. Aún así se tomó un momento para observarla; para contemplar la belleza de la luz que entraba por la ventana pegándole de lado al cuerpo desnudo e inmóvil. Tímidamente extendió su mano hacia ella, al tacto era increíblemente agradable, la textura irresistible, no podía creer que había llegado el momento. Deslumbrado puso sus manos alrededor de aquella maravillosa obra de la naturaleza, la sintió en su punto justo. Era lo suficientemente verde como para conservar la turgencia y redondez perfectas; así como adecuadamente madura para haber adquirido la dulzura y sabor exactos. Arrebatado, no soportó más y en un inevitable mordisco divino finalmente lo hizo. Y nunca se sintió más feliz y pleno que aquella tarde en que decidió comerse sin más cuestiones ni miramientos la tan ansiada pera.

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