Más que amanecer Matías solía atardecer tras largas noches de trabajo acompañado por su máquina, intercalaba bocetos con algún stumble, o dos... o diez; no podía mantener la atención por más de 40 min. Uno de los beneficios del diseño consiste en poder trabajar en la comodidad de la propia casa, en cualquier horario y muchas veces manejando a gusto los plazos. Lo cierto es que su trabajo le resultaba divertido, se trataba de un espacio laxo donde podía canalizar la creatividad, sin rigidez estructural, era un mundo de variables en donde jugaba con los colores, las texturas, la luz, el tema... no lo sentía como un trabajo, lo disfrutaba tanto que era casi como no haber crecido. Lo lúdico estaba puesto sin dudas allí; aunque pensándolo bien, se puede decir que estaba representado en casi todos los ámbitos de su vida, incluso hasta el punto de verse plasmado en su aspecto físico, recibiendo muy frecuentemente comentarios del estilo: “la verdad que estás igual”, cada vez que se cruzaba con algún conocido de su ciudad natal.
Los días para Matías transcurrían así, invariables, tranquilos, sin preocupaciones ni sobresaltos, conservaba la frescura digna de un niño y eso le bastaba para sentirse cómodo y pleno. Podría decirse que era un tipo moderadamente feliz, llevaba una vida estable, dedicada a su trabajo; trabajo que le permitía ganar lo mínimo para subsistir y con eso era suficiente.
Como consecuencia de tanta linealidad aparente, podía predecir bastante bien qué le esperaba de cada hora, cada día, cada mes. Hasta una tarde en que despertó desconcertado pensando que faltaba poco para su cumpleaños. Le resultó extraño recordarlo siendo que jamás le había dado trascendencia al evento; para Matías los años no parecían pasar, percibía el tiempo como un continuo, a veces podía no distinguir entre pasado y futuro, transcurría el presente. Mientras se vestía se preguntó si debía planear algún tipo de festejo, para variar.
Enseguida el hambre lo interrumpió y decidió bajar a buscar algo para comer. Ya en la cocina notó un sobre que había sido deslizado por debajo de la puerta y se olvidó del tema. Era una carta de su obra social dejándole claro que en la próxima cuota habría un aumento ostentoso; siendo que ya consideraba caro el precio, esto le pareció excesivo, iba a tener que bajarse de plan o en su defecto cambiarla por otra. Fue en ese momento que una idea comenzó a picarle. Es que sencillamente no podía recordar la última vez que había estado enfermo, haber tenido dolor de muelas o malestar alguno. Se preguntó si su aspecto juvenil podría estar relacionado con esto, quizás todo tenía un sentido profundo que nunca había comprendido. Llegó a cuestionarse la gracia de continuar pagando una obra social que jamás usaba; este tren de pensamiento lo catapultó inmediatamente, se dijo “si no tiene sentido pagar por si me enfermo, tampoco tiene sentido pagar por si me roban, o si choco un auto”. Sintió que había estado comprando boletos de lotería esperando nunca sacar el número. De pronto se creyó inmortal, era consciente de que nada lo había afectado nunca y esta sensación le dio cierto poder que lo emborrachaba de energía, comenzó a creer que podía hacer cualquier cosa; después de todo era invencible. Estaba claro que no podía seguir perdiendo dinero ni tiempo. Decidió dar todo de baja y utilizar esa plata para comprarse un buen regalo anticipado de cumpleaños. Era hora de comenzar a salir más, abandonar un poco el trabajo y la casa, entrar en contacto con la naturaleza, aventurarse era su nuevo objetivo y una bicicleta nueva se convertiría en el medio para ello.
Esa misma tarde obtuvo la bicicleta e inmediatamente se puso en campaña para salir a conocer nuevos lugares, nuevas costumbres, cambió sus hábitos sedentarios por una vida totalmente activa y durante los primeros días lo hizo sin siquiera sentirse cansado. Pero a medida que pasaba el tiempo comenzó a sentirse raro, mayormente irritado, el contacto con el aire y el sol parecía secarle la piel que se iba descascarando. Se dice que la picazón es la expresión mínima del dolor, sin embargo Matías decidió ignorar los signos, continuó con las salidas aunque su malestar fue mutando de un ardor incipiente, seguido de unas breves puntadas, hasta convertirse en un dolor agudo; todo ello acompañado de un evidente deterioro físico, dolor en los huesos, fatiga muscular y la aparición repentina de arrugas y manchas por todo el cuerpo.
La mañana de su cumpleaños despertó y no pudo dejar de ver lo innegable; al mirarse en el espejo no se reconoció, era como si hubieran pasado 40 años en 10 días. Se sintió un idiota por haber dado de baja la obra social, claramente algo extraño lo estaba afectando, quizás era un virus, lo desencajaba la rapidez con la que los síntomas fueron apareciendo. Comenzó a bajar las escaleras y se encontró con la dificultad de un señor mayor, notó que respiraba agitado, le resultaba doloroso cada paso y le costaba pensar con claridad. A duras penas logró alcanzar el teléfono para llamar al 911.
― ¡Creo que estoy enfermo! Necesito una ambulancia, vivo en, en…― colapsó antes de poder explicar qué había ocurrido.
Mientras llegaba la ambulancia de a ratos volvía en sí, en un rapto de realidad se preocupó por cómo pagar por ser atendido y extremadamente cansado, comprendió que no era invencible ni mucho menos inmortal, sino más bien todo lo contrario, estaba viejo, vulnerable y agonizaba.
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