Por suerte los gérmenes pasaban por mí una sola vez, lo que permitió que eventualmente la frecuencia con la que enfermaba fuera disminuyendo. Esto hizo posible que pudiera tener una adolescencia más cercana a la normalidad, al menos en lo que respecta a las enfermedades. Mi vida no era distinta a la vida de los demás chicos, salvo por el hecho de que prefería siempre evitar el contacto. Asistía al colegio doble turno, por las mañanas me aburría con las maestras de castellano y por las tardes disfrutaba aprender inglés con la siempre pedagógica “Miss Simpatía” de turno.
Ya en el secundario entendí que mi sensibilidad hacia el mundo era un tanto distinta a la de mis compañeros. Con catorce años, ellos estaban más preocupados por conseguir algún hermano mayor que les comprara alcohol o cigarrillos y así iniciarse en algunos de los vicios necesarios por protocolo, para definirse como “grandes”. Mientras tanto, yo leía libros de filosofía, de astronomía, de física, incluso de literatura, se los robaba a mi abuelo cuando iba de visita. Me gustaba sentarme en el patio debajo de la ventana de su estudio y mientras él escuchaba algún disco de Jazz, aprovechaba la sombra del Ciruelo para aislarme del mundo. Era en esos momentos de soledad que podía sentirme genuinamente “yo”, sin que nada ni nadie me contaminara.
Una tarde de esas mi abuela preparaba la cena, desde el patio se percibía el aroma que escapaba de la cocina, yo leía, sumida en mi misma, cuando de repente comencé a sentir una molestia en el dedo índice de la mano derecha. Apoyé el libro en el piso para ver si tenía una espina clavada, no veía nada, aunque me picaba cada vez más y la puerta que daba al patio se abrió, ya el dedo dolía bastante cuando mi abuela salió gritando ― ¡Me corté el dedo con la cuchilla! ― así fue como pronto intuí que virus, hongos y bacterias no eran lo único que me pegaba de la gente. Pero aún no llegaba a comprender del todo mi condición.
Recuerdo el día en que conocí a Dani, dueño de una personalidad de esas que todo lo ponen afuera. Era extrovertido, verborrágico, inteligente; tenía una voz profunda, se expresaba elegante e inequívocamente y, como si fuera poco, siempre portaba esa maravillosa sonrisa, una de esas sonrisas perfectas que hacen imposible decir que no, encantadora e irresistible. Esa tarde salía apurada de la biblioteca nacional, era noviembre y el calor me obligaba a andar en ojotas. Consultaba un libro de Carl Sagan “Los Dragones del Edén”, buscando una cita para comenzar una monografía acerca de la evolución de la neurofisiología humana. Era requisito de aprobación para el bachillerato internacional entregar un trabajo de investigación basado en un tema de la materia que uno eligiera y en esa época me simpatizaba la Biología. Me senté sola en una mesa larga que estaba vacía y me metí en mi burbuja de lectura; no tengo idea del tiempo transcurrido hasta encontrar lo que buscaba. Inmediatamente salí corriendo con el libro rumbo a la fotocopiadora con el objetivo fijado y la vista en alto, nunca noté el piso de plástico amarillo, cortado y levantado, que se encontraba en medio de la trayectoria que ya llevábamos mis ojotas y yo, hacia el mostrador. Inevitablemente la ojota torpe se enganchó con el plástico y tropecé, vi volar a los dragones mientras aterrizaba en la alfombra bordó que surcaba el piso; y a mí me vio volar Dani desde la fila de la copiadora. Levanté la cabeza tentada de risa, adelante tenía el ventanal de Las Heras, la luz me dolía en los ojos, vi una sombra sonriente y una mano que se extendía hacia mí, pero ya me estaba levantando sola ― ¿Estás bien? ― me preguntó. Y me inundé de Dani.
Él pidió una coca y yo me pedí un jugo de naranja, enseguida me contó que estaba estudiando administración pero que le gustaba la literatura, estaba leyendo un cuento de Cortázar Axolotl, me lo recomendó, me dio pena decirle que ya lo conocía y que incluso yo también era un axolotl. Le dije que lo iba a leer. Así se hizo de noche y no parábamos de hablar de todo y de nada, nunca me había reído tanto con alguien. Caminamos juntos hacia la parada del 59 y esperó a que me subiera, a medida que el colectivo avanzaba yo sentía un vacío cada vez más grande, no podía esperar una semana para volver a encontrarlo en la biblioteca. Nos volvimos inseparables, semana a semana proponíamos alguna lectura para discutirla, se nos ocurrían las ideas más disparatadas, pronto comenzamos a encontrarnos en lugares donde pudiéramos estar más tranquilos, a veces íbamos al jardín botánico o al jardín japonés, nos gustaba tirarnos en el pasto a charlar, nunca pasaba de ser algo platónico, con cierta distancia, después de todo, él era bastante mayor que yo que recién terminaba el secundario.
Una tarde de fines de marzo ya se sentía el fresco del otoño que asomaba a la vuelta de la esquina. Estábamos sentados cara a cara y mientras Dani me hablaba de su nuevo trabajo, tuve un escalofrió que me hizo temblar. Por culpa de esa brisa helada él se estiró hacia mí, abrazándome, para que recuperara el calor. Con simplemente rozarme sentí que se me paraba el tiempo, el corazón se me escapaba, nos miramos y el beso fue inevitable. Perdí toda noción de ser, ya no era yo, éramos los dos. Podía sentir lo que él sentía, pensar lo que él pensaba, estábamos perfectamente sincronizados; recuerdo haberme sentido plena, completa, feliz. Nunca más viví algo tan increíble como ese primer y último beso de Dani. La semana siguiente cuando lo vi esperándome en la puerta de la biblioteca no sentí absolutamente nada. Me acerqué, lo saludé, incluso su cara de enamorado de sonrisa estúpida me resultó insípida. No me interesaba lo que decía y sus chistes ya no eran graciosos, lo único que me generaba era apatía. Fue entonces que comprendí el alcance de mi infalible memoria inmunológica.
2 comentarios:
Incógnita:
Vine a retribuirte la visita a mi espacio y me encontré con un blog muy interesante, leí con atención tu entrada y me gustó el ritmo que tiene, es creíble y desemboca en un buen final. El lenguaje se adecua a bs as, cosa que me parece excelente (a mí me cuesta, estoy en una lucha entre el español neutro y el porteño).
Voy a seguirte así estamos en contacto.
Te dejo un cariño.
Humberto.
Muchísimas gracias Humberto. A mi me gusta mucho tu blog, así que me parece bueno que nos sigamos mutuamente.
Saludos.
PD: No tan incógnita, me llamo Constanza :)
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