Siempre me pareció casi imposible salir del pozo de las certezas, de los absolutos. Incluso cuando sabía que algo no andaba bien, fallaba, me resultaba tediosa la sola idea de comenzar a pensar en qué, cómo y cuándo. Mismo habiendo alcanzado un amplio grado de consciencia acerca de lo que ocurría; cambiar, moverse, salir, parecía algo tremendamente complejo. Poco imaginaba acerca de la brevedad del asunto y cuán equivocada estaba. Un día más, tan común y cotidiano como cualquier otro, la frecuencia del pulso cambió, fue casi imperceptible, pero efectivo. Una Revelación. Un final. Un comienzo. El alivio de entender lo que en la oscuridad parecía fragmentado, inconcluso, inconexo; pero a la luz son partes de un todo. Y en un segundo uno se vuelve más uno mismo y menos distinto a los otros. La Mandala de Rayuela. La noción de ser yo, de ser todos, de ser ninguno. Cambio de paradigma.
Ahora puedo descansar. Trato de pensar en cada uno de los eventos, las conversaciones, los hechos que parecían aislados; todo me trajo hasta este punto. Por supuesto no le vamos a dar una explicación mágica. Cuestión de azar y crecimiento. Pero de alguna forma todo fue colaborando para que un día, no cualquier día, ese día, lo conociera a Juan.
Por la mañana estaba nublado y esa tarde había que emprender el regreso con lo cual, si el día no estaba para playa, lo mejor era pasear un rato. Es lo que tienen las escapadas de fin de semana, uno siempre quiere exprimir hasta el último segundo de sol para justificar ochocientos kilómetros en 48 horas. A falta de sol nos quedaba recorrer el centro de Mar de las Pampas. Al menos eso le dije a mi marido que estaba más para irse que para quedarse. Acá es en donde pequé de consumista, simplemente me atrapó la estética de aquellos paseos de madera, los decks emplazados entre los pinos; pinos que crecen en la arena que deja ver apenas unos dejos de tierra. Maravilloso. Caminás doscientos metros y tenés el mar. Así me dejé llevar por los laberínticos pasadizos del centro comercial, rodeada de locales con luces de colores, aroma a incienso, pashminas de estampados psicodélicos, música para meditar, onda hippie, mística. Como en una escena de película, caminaba entre los percheros y con la caricia de una brisa escuché el sonido de un cazador de sueños. Lo busqué, me llevó a la puerta de un local. Entré y lo vi. Muchos colores encerrados en un bordado de mostacillas de madera. Era un vestido hermoso.
― Buen día.
― Buenos días ¿en qué puedo ayudarte?
Levanté la cabeza para contestarle, era una mujer joven, delgada, de pelo muy corto. Vestía unos pantalones naranjas, sueltos y una remera batik con el estampado de Shiva. Tenía en la mano un sahumerio que acababa de encender.
― ¿Qué precio tiene este vestido?
― Ese ― hizo una pausa, sonrió y me contestó ― ese está ciento sesenta. Sabía que alguien iba a venir a buscarlo hoy. Ayer estaba muy solitario en el perchero. Cuando alguna prenda pasa mucho tiempo sin ser notada, tengo la costumbre de usarla. Me lo puse un rato y hoy lo encontraste. Nunca falla.
Me quedé esperando que se riera, pero no. Hablaba en serio. Ella estaba convencida de que alguna fuerza cósmica había hecho posible que ese día estuviera nublado y yo fuera a elegir aquel vestido.
― ¿Me lo puedo probar?
― Si, pasá por acá.
Confieso que me lo puse y sentí que me lo habían hecho a medida. Me quedaba perfecto. Era justo para mí.
― Lo llevo. ― Le pagué y me quedé esperando la bolsa.
― Vas a ver que este vestido te va a cambiar la suerte ―. En ese momento no le di importancia al comentario. Me fui del local y emprendimos la vuelta.
Hoy recuerdo la conversación y no entiendo cómo lo supo. Apenas le hablé. Pero aquel trece de febrero mi vida iba a dar un giro que no podía llegar a comprender. Esa tarde recordé la carga profética de aquella vendedora cuando chocamos en la ruta. Nada Grave considerando la destrucción total del vehículo. Una pequeña fractura. Suficiente para tener que dejar de salir a correr al menos por dos meses. Suficiente para cambiar de rutina. Suficiente para llevarme hacia lo inevitable.
Los árboles hacia el final del verano ya van teniendo un color más anaranjado. Hojas en el suelo y treinta grados de temperatura. Solamente en Buenos Aires. Incluso pensé “menos mal que no puedo trotar”. Asfixiaba la humedad. Habían pasado unas semanas desde el incidente. Decidí ponerme el vestido de una vez por todas; quién sabe cuando iba a volver a hacer calor. Llegué al trabajo y encontré aquel correo. Me había quedado afuera del curso de capacitación que tanto quería hacer, pero nunca podía. En ese momento pensé que era la siniestra suerte que arrastraba el vestido. Aprovechando el desafortunado hecho (y con toda la bronca del mundo), comencé a pensar en buscarme otra actividad para ocupar esas horas. Algo que no fuera trabajo, que no fuera obligación, que pudiera disfrutar; algo para mí. Iba a escribir. Ahora que pienso en aquello, entiendo que más que optar por la escritura, tendría que haber considerado sesiones de terapia. De todas formas no tiene sentido pensar en eso ahora que mi condición es irremediable.
Así comenzaron las horas de sentarme a escribir en aquel café de Julián Álvarez y Charcas. Así lo conocí a Juan esa mañana. Claro está, independientemente de sus encantos (que eran diversos), era evidente que ya no sentía nada por mi marido. Recuerdo que el día del vestido, el día del choque, en ningún momento me preocupé. En ese instante en que sentí el impacto no me asustaba morirme, ni que se muriera él; sentí paz. La misma paz que sentí esa mañana cuando entró Juan y me miró, sentándose en la mesa de enfrente. Cada mañana los dos caíamos presos de aquel ritual de miradas furtivas, un combate en silencio. El espacio entre las mesas era nuestro campo de batalla; ni los mozos se atrevían a cruzar entre nuestras miradas.
¿Me hablará hoy? Cada día lo pensaba, pensaba si debía hablarle yo ¿Valía la pena romper con aquel inmaculado y excitante silencio? La sensualidad en aquel juego mudo era inexplicablemente atractiva, a veces nos quedábamos tan fijados por una mirada que pasaban horas hasta volver al reloj, a la vida, a trabajar.
Después de varias semanas no soporté más la tensión y decidí actuar en consecuencia. En un papel escribí: “Me devolviste las mariposas al estómago. Mañana te espero a esta hora en la puerta del café”. Pagué la cuenta, me levanté, caminé hacia él (que me miraba inmóvil) y apoyé el papel sobre su mesa. Lo leyó y sin decirme nada asintió con un gesto. Era un alto al fuego, un acuerdo tácito. Me fui de ahí sin mirar atrás.
Esa noche no dormí. Notaba desesperadamente el cuerpo muerto e inútil de mi marido y ansiaba aún más que llegara la mañana para poder escaparme con Juan. Para poder respirar. El solo pensamiento de Juan me devolvía la vida. Recordé todo lo que me había llevado a conocerlo. Recordé a la vendedora, recordé el vestido, recordé el choque. Todo me había conducido inevitablemente hacia él.
Lo esperé en la puerta de la esquina, como lo habíamos acordado. No sabía por qué calle vendría ni en qué dirección. Nunca le había prestado atención a ese detalle. Para mí simplemente aparecía iluminando todo con su mirada. Metí la mano en la cartera para mirar la hora en el celular y cuando levanté la vista ahí estaba.
― Hola.
Fue lo único que le dejé decir antes de que nos besáramos furtivamente y decidiéramos irnos a un hotel. Nos subimos a mi auto y nos fuimos.
No recuerdo nada más. Me desperté sintiendo nuevamente la sensación de asfixia. Abrí los ojos y la luz blanca me dolía como si me clavaran alfileres en la pupila. Comencé a entender todo. Miré alrededor y vi las máquinas, estaba conectada. Sentía un dolor profundo, no podía moverme.
2 comentarios:
UFh.... no puedo dejar de escribir esa onomatopeya después de leer algo tuyo.
Te lo dije varias veces, y lo sostengo, más allá de las descripciones originales, de la fluidez de las oraciones, de la coherencia de los párrafos, lo que me atrapan de tus cuentos (¿los puedo llamar así?) es esa atmósfera cargada, pesada, sombría que subyace tras cada acción de cada personaje.
Si bien lo que pasa en la superficie es entretenido, movido y me hace seguir leyendo, lo que termina de unir todo, lo que me "compra" es esa sensación de asfixia, como si tuviera que aguantar la respiración desde el momento en que empiezo a leer hasta que termino.
Calculo que tiene que ver con tu personalidad y que es tu sello, me encanta, me encanta, me encanta.
Lo que sí me sorprendió fue la elección de usar un final así abrupto. No lo había leído en tus cuentos anteriores, y es un buen recurso, me interesó.
En fin, siempre quedo como un chupamedias, pero realmente me encanta lo que escribís Co, y sé que ya lo sabés :)
Beso.
Me hacés poner colorada Abelito. Muchas Gracias. Siempre me pone muy feliz saber que te gustan mis cuentos (son eso, tenés razón) y me encantan tus comentarios. No sos chupamedias, sos uno de los únicos valientes que me hacen comentario por escrito y público.
Con respecto al final no fue planeado desde el principio, se fue gestando a medida que iba apareciendo el texto. De hecho, empecé escribiendo el primer párrafo hace unas semanas y quedó ahí dormido. La semana pasada una tarde lo agarré y en un tirón salió el resto.
Thx again por la buena onda :)
Beso.
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