23 de abril del 2011
Damián:
Hola. La verdad es que hace días que no puedo dejar de pensar en una frase tuya. Fue algo que dijiste hace unos meses, totalmente fuera de contexto. Hablábamos de otra gente y yo te dije que ya no sabía cuál era mi postura frente a la infidelidad. “Como no estás enamorada, te resulta más fácil”, te salió así, sin dudar. Muy graciosa frase. El que no está enamorado sos vos. Tendría que habértelo dicho en ese momento. Claro que no tenías idea de lo que me pasaba, de la revolución que habías causado. O te hacías el tonto. Seguiste rompiéndome el corazón cada día un poquito más. No te cansaste de escuchar el “crack, crack, crack” proveniente de la grieta que se iba abriendo, ancha y profunda, con tus palabras vacías, en el medio de mi ser.
Te aterra perderte en mí, pero perderte de mí no te desvela. Si es así, entonces mejor perderte que encontrarte (valga la redundancia). Ya es suficiente con la cicatriz enorme que me va a quedar cuando cierre la herida. De este infarto no me voy a morir.
Una, dos, tres gotas, cuatro, diez, un mar. Tanto dolor me impedía escribir aquella carta que había postergado durante años. Sí, años. Me daba vergüenza de solo pensarlo. Vergüenza y rabia. ¿Cómo había llegado tan lejos con algo que había comenzado de forma tan trivial? Llorar una vez más, por esto, significaba haber perdido una nueva batalla en esta guerra conmigo misma; guerra que llevaba toda la vida combatiendo. No quería escribirla. Hacerlo era casi como asumir la derrota y, lo que es peor, quitarle el peso de la decisión a él. Era avalar su cobardía. Prefería continuar clasificando especies de mosquitos.
Pero ya no podía seguir sufriendo. Mi cuerpo no aguantaba más angustia. Recuerdo aquellos momentos en los que una simple frase disparaba una señal dentro de mí que activaba de inmediato todos mis sentidos. Parecía que hubieran estado dormidos toda la vida. Al fin había encontrado ese estímulo, específico, que los había despertado y ahora lo único que quería era volver a sentir eso; volver a sentirme viva. Por primera vez me había tragado las famosas “mariposas” que te crispan los nervios. Se había convertido en una certeza, lo que lo hizo terriblemente peligroso. Cuesta mucho deshacerse de las certezas, sobretodo cuando son tan eficaces y placenteras. Con cada encuentro sentía como los lepidópteros iban anidando en la boca de mi estómago. Durante una eternidad disfruté con vehemencia el hecho de que alguien pudiera despertar estos bichos en mí. Fue así hasta que nos distanciamos. En esa época empecé a sentirme mal, nauseabunda, enferma. Con frecuencia sufría de terribles urticarias, por las noches me sentía afiebrada. Lo extrañaba terriblemente, con lo cual me parecía lógica la somatización.
Un poco por vicio profesional y otro poco por el grado de estrés, me convencí de que los lepidópteros simplemente estaban cumpliendo con su ciclo de vida dentro de mí. Después de todo, estaba transitando por una nueva fase. Me parecía cómico hacer un paralelismo entre mis estados y los del bicho. Los adultos ponen los huevos, por lo general en plantas. Algunos entomólogos podrían decir que ciertas especies son capaces de hacerlo en ambientes ácidos, donde ningún predador natural sobreviviría. Los huevos podrían estar en mi estómago. Luego de un tiempo (varía según la especie y la duración del estado de enamoramiento), ayudadas por la acidez del medio, emergerían las orugas, que son las larvas. Esta forma de vida le permitiría al lepidóptero movilizarse a través del tracto digestivo hasta llegar al intestino. Esta etapa correspondería a ese momento de “calma” que toda relación sufre después de la “tormenta”. Qué curioso, el aleteo de algunas mariposas en el estómago puede ocasionar una tormenta en nuestras vidas. Las larvas podrían absorber nutrientes y con ello ir creciendo a una tasa de desarrollo muy alta. Una vez obtenida la energía necesaria, se acurrucarían en un rincón del colon para transformarse en una crisálida. Es en este estado que ocurriría la metamorfosis. El cambio. Su metabolismo se va modificando drásticamente, alterando por completo su morfología. La crisálida madura sería expulsada de la persona (de una forma nada romántica) y finalmente la mariposa brotaría de allí, lista para una nueva “colon - ización”. De nuevo amor.
Llegué a convencerme de que sentía como cada una de las fases se completaban dentro de mí. Una noche de malestar insostenible no soporté más y me fui a la guardia. Los flujos y reflujos, la sensación de las larvas que me recorrían las entrañas me tenían sin dormir. En la guardia colapsé, apenas llegué a susurrarle “tengo mal de amores” a la empleada de la mesa de informaciones. Dicen que empecé a convulsionar de inmediato. Me ingresaron a terapia intensiva en donde finalmente pudieron compensarme. Luego de varios análisis de sangre, orina, heces, resonancias y placas, los médicos llegaron a un diagnóstico.
― Usted lo que tiene es un parásito. La enfermedad se llama hidatidosis y es causada por la presencia de larvas del parásito Echinococcus granulosus.
― ¿¡Cómo!? ¿Cómo es posible que realmente tenga ésto? ¿Cómo se contagia?
― Los huevos pueden ingerirse a través de agua contaminada o alimentos mal lavados ¿Usted estuvo en contacto con animales de campo? ¿Ingirió agua de pozo proveniente de alguna zona rural?
― Sí. Estuve en el campo. Usé el agua del pozo para cocinar… déjeme ver si entiendo bien ¿Todo este tiempo tuve un parásito creciendo dentro de mí?
― Si. Estos parásitos liberan un embrión, que a través de la pared intestinal, se abre paso hacia los vasos sanguíneos. Éste se aloja en el hígado. En muchos casos no pasa de allí, pero en su caso se ha disipado por el torrente sanguíneo, donde ha colonizado también pulmones y corazón. Allí se desarrollaron las larvas y se han formado quistes. Como consecuencia también sufre de una infección. Su condición es crítica.
― ¿Me estoy muriendo? ― le pregunté esperando la peor noticia.
― No. Podemos tratar la infección. Hemos decidido operarla para extirparle los quistes. El riesgo es la rotura de uno de ellos. Pero confiamos en que no ocurra. Si todo sale bien, podrá vivir su vida normalmente.
Por eso hoy tengo que continuar esta carta. Tengo que decirte que me di cuenta de todo. Ahora sé que nunca fueron mariposas lo que sentía en mi estómago cada vez que te veía. Ahora sé que eras un parásito. Una larva. De a poco te desarrollaste adentro mío, alimentándote a costas de mis nutrientes, de mi amor y de mi sufrimiento. Me fuiste poblando con la lentitud más cruel y efímera. Indetectable, disfrazada detrás de un hipnótico y falso bienestar. Aunque me iba defendiendo, como podía, apenas lograba frenar este proceso irreversible. Finalmente estuviste a un golpe de matarme, pero como ya te dije, no te lo iba a permitir. Por eso creo que es hora de despedirnos. Pero no voy a negar los buenos momentos, después de todo, los disfruté. Por ello, junto con este telegrama de renuncia, te envío un paquete. Ahí vas a encontrar unas cookies, esas con chips de chocolate que tanto te gustan. Las hice la última vez que estuve en el campo, pensando en compartirlas con vos. Ojala sirvan para reproducir, aunque sea una vez más, aquello que alguna vez sentimos. Espero que las disfrutes mucho.
Que tengas todo lo que te merecés. Hasta siempre.
Victoria
2 comentarios:
Es un gusto conocer tu blog..
te dejo un abrazo!
Muchas Gracias Allek!
Saludos!!
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