martes, 28 de junio de 2011

Extrañar

Irreplaceable. Any pathetic attempt to do so just enhances the sadness that fills the void she left behind.


No entendía por qué, a veces, en sueños, me salían frases sueltas en inglés. En realidad no quería verlo pero, muy frecuentemente, soltaba en este idioma alguna cosilla de todo lo que no me atrevía a decir; como si dicho en esta “forma” no tuviera la misma fuerza que en la lengua materna. Era casi como no decirlo, que en apariencia era como no sentirlo y así no calaba tan hondo la culpa. Pero por más inglés que le aplicara, este sentimiento no podía mitigarlo más, ni estaba tranquila en absoluto mi conciencia.

Esa mañana desperté empapado en transpiración. Me levanté de la cama con cuidado, sin hacer ruido. El aire acondicionado no funcionaba, seguramente se habría cortado la luz por la madrugada. Me metí a la ducha pensando en ella, traduciéndome a mi mismo – Irremplazable. Cualquier intento patético de hacerlo, solo realza la tristeza que llena el vacío que dejó – y agregué al tren de pensamiento – Una impresión gravada. Un molde de yeso único, hecho con tan exacta precisión en mi mente, que cada detalle de su persona, cada textura, quedaba celosamente impregnado en mi memoria. Cada imperfección, cada palabra y muy a mi pesar, cada sentimiento. Una máscara que nadie más podrá usar jamás –. En español era mucho más claro el concepto.

Esta certeza me arrastraba al pozo depresivo más profundo, aplastado en el fondo de mi verdadero ser. Me sobraban motivos para estar preocupado. Miles de problemas se sucedían a diario y sin embargo, resbalaban como las gotas de agua tibia que ahora me rechazaban hidrofóbicamente, incapaces de lavar esta locura de mi cuerpo. Incapaces de redimirme. La sola idea de encarar el resto de esta vida, que planifiqué tan meticulosamente (y que tanto defendía), sin la dosis mínima necesaria, sin estímulo mental, sin ella… me hacia sentir en el pecho una sensación de asfixia, de ahogo, de desamparo total. Lo más trágico de todo es que por más que quisiera, no tenía con quién hablarlo. Ella era la única persona capaz de entenderme y había elegido meterla, a la fuerza, dentro del freezer – que estaba ya al tope – bien atrás de todo. Pero estaba congelada al fin. Había logrado deshacerme de la piedrita en el zapato.

Establecido el orden de las cosas, estando el mundo de nuevo en su lugar, el que sentía estar ahora out of tune era yo. De alguna forma ya no sentía que nadaba como pez en el agua, o el estanque me quedaba chico, incómodo, quizás ya no era un pez. No lo tenía muy claro. Con certeza éste no era yo. Planeaba volver a la rutina con la esperanza de que el tiempo diluyera el sabor amargo de todo aquello. Quizás pudiera compensar la falta con algo nuevo. Admito que me resultaba más sencillo (en realidad menos duro) pensar en los parches que podría articular para tapar los agujeros de esta vida “moderadamente perfecta”, a la que tanto me aferraba, que desestimarla frente a la irrevocable evidencia de que ya no me servía. No admitía que no me servía. La paradoja de estar luchando por salvar todo aquello de lo que en realidad estaba huyendo. Corriente y contracorriente me estancaban de forma inequívoca en la parálisis dinámica del equilibrio. Una sentencia, una certeza, una fijeza implacables. Terror absoluto.

Salí de la ducha, me dirigí a la habitación donde inevitablemente me esperaba el traje que me esclavizaba. Listo para partir hacia la oficina, besé a mi mujer, bajé al garaje, me metí en el auto, encendí la radio y comencé un nuevo año de éxito laboral, ignorando el olor cadavérico que emanaba del freezer.

2 comentarios:

Humberto Dib dijo...

Un texto aterrador...
Besos, Incógnita.
Humberto.

Incógnita dijo...

Sin dudas. Aterra mucho que alguien pueda ser así!