viernes, 11 de junio de 2010

Oxymoron

La dualidad es lo que acaba. Porque hablarse naturalmente llena, pero la tortura de los días “in between” te deja vacío. Las no horas son elásticas, inaguantables, monótonas; hasta sin sabor, es un chicle que hace mucho viene masticándose. En cambio las horas en que se tienen son tan poquitas como fugaces y eternas; como todo lo increíblemente perfecto. Para ellos el tiempo no pasa igual que para el resto. La dualidad que yace en los sentimientos encontrados se traduce en la dulzura más cruel, que los coloniza y los desarma.
Inmediatamente después de pensarse (no lo saben, pero se piensan en simultáneo) se despliega una sonrisa involuntaria en sus caras, todavía radiantes al segundo recuerdan todo lo demás... es ahí cuando los invade una angustia avasallante, la sensación de vacío en el pecho. La certeza de saber que nunca van a ser, la incertidumbre, la impotencia, la injusticia, la furia y la tristeza; todas contenidas en esa instantánea y breve sonrisa. Conviven con la ironía de las coincidencias y el azar de los desencuentros; la tremenda sensación de haberse perdido sin haberse encontrado. Sospechan tristemente, que aquello que les resulta natural, aquello que ocurre, aquello... es lo que podrían haber sido pero por esas cosas de la física cuántica y las probabilidades, nunca fue.
Pero existen, en algún plano existen. Qué distinta es la realidad desde que se encontraron. No pueden concebir cómo harían hoy para vivir sus vidas sin que aquello esté ahí, latiendo, pulsando siempre. Saben que deben abandonarse pero no quieren, en el fondo no pueden perder algo tan imposible y único.
Lo más triste de todo es que probablemente nunca descubran qué están perdiendo.

Aún sabiendo todo esto, aún con la certeza de que no puede ser, aún intentando olvidarse eternamente, no pueden evitar preguntarse a cada rato:

¿Qué andará haciendo ahora?

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