No pudo dejar de notar que había un nuevo inquilino en el edificio. Es un ser misterioso del que nunca había tomado cuenta. Muy frecuentemente la gente camina por la calle ignorando los “sonidos de fondo”, ruidos que involuntariamente se aprende a desoír. Hasta que suena la alarma de una salida de garaje y te atropellan por no registrar la señal como relevante. Eso fue un poco lo que ocurrió con este inquilino, pasó desapercibido, confundido con el “background”, hasta que se hizo visible de la forma más violenta; arrasando con todo a su paso.
Siempre fue el inquilino el que manejaba todo, desde la oscuridad. Con total discreción y anonimato se encargaba de darle combustible a todo aquello que transcurría en el edificio, sin razón aparente, y de forma automática. Pero nada ocurre porque si. El arrendador se llenaba de explicaciones posibles y lógicas, pero incorrectas. El problema es que siempre se le teme a lo desconocido; muchas veces adentro de la caja en vez de una araña ponzoñosa y letal hay una inocente mariposa; pero ante la inevitable posibilidad de muerte… mejor mantener la caja cerrada. No vaya a ser que se confirmen las peores sospechas detrás del gran misterio. Ciertamente el miedo paraliza. La parálisis del arrendador aterrado.
Pero el inquilino no soportaba ser pasado por alto, se empecinaba en realizar cosas de las más impensadas para hacerse visible; muchas veces en vano, porque contaba con un espectador totalmente negador. Muy despacio, y con el tiempo, el inquilino fue colonizando cada vez más espacios, uno por uno, fue llenando cada vez más vacíos, hasta llegar a acorralar al inocente arrendador. Cómo bien dijo una vez un genio, el “yo” no es dueño ni señor en su propia casa. Se vio asediado por las más terribles pesadillas, ni siquiera podía llegar a comprenderlas. La sombra de algo, de alguien, lo atormentaba a toda hora, en sueño y en vigilia, una niebla espesa que no lo dejaba casi respirar.
Fue entonces que el arrendador comenzó a sentir la presencia física de la entidad extraña, siempre con la terrible sensación a cuestas de no estar solo. La paranoia se tornó insoportable, giraba la cabeza a cada esquina del edificio, tratando de ver aquello que sentía pero no podía materializar, buscaba en cada rincón, debajo de cada mueble. Sentía que lo estaban observando, siguiendo.
Hasta que un día le fue imposible ignorar que había un inquilino en el edificio. Era la única explicación lógica. El mismo acto de pensar que podía existir lo hizo visible. Fue entonces que el inquilino terminó por llenar cada espacio posible, materialización que resultó en una inevitable explosión brutal, destruyendo por completo la estructura del edificio.
Resulta ser que el “inquilino” no era más que el dueño oculto de todo aquello, oculto detrás de un cobarde usurpador que nunca supo ver más allá de lo evidente y se empeñaba en mantener a raya al verdadero propietario.
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