miércoles, 14 de septiembre de 2011

El mercado de los rencores

Maldito usurero ¿te pensás que no te veo desde la biblioteca? Otra vez trayendo gente a husmear en la casa. Podrías salir a trabajar, pero no. Ya me veo venir la aglomeración de gente, de energía negativa, de auras que parecen smog. Todos son la misma mierda, amigos de él, claro. Vienen a llevarse mis cosas, mi vida, mis recuerdos; y por la módica suma de cinco pesos o diez pesos; a lo sumo este hijo de su puta madre ― porque esta vieja forra me cagó la vida por puta frustrada ― pide cien por el sofá del living. Igual ya ni de mi sofá puedo disfrutar. Esa zona me la ganó hace años. Quizás tenga suerte y se la lleven con sofá y todo. Pero no… este pelotudo nunca resolvió el complejo de Edipo. Es un pollerudo, un nene de mamá. No se va a llevar nada de ella. Vienen por mi espacio. Me quieren echar. Seguro que esta idea se la metió ella en la cabeza. No sé qué estará elucubrando, pero si cree que me voy a mover de mí casa, está más loca de lo que pensaba. ¿Qué fue ese ruido? Este idiota tratando de entrar la va a alertar. Mejor me meto adentro antes de que nos crucemos.

― Holaaaaaa. Holaaaaa.

―Shhhh. Callate Isabel. ¿Sos pelotuda?

― ¿Qué problema hay?

― Nos pueden escuchar. Fijate si encontrás lo que querés y vamos.

― ¿Dónde están los cuadros de los que me hablaste?

― Ahí, en el living. Dale, apurate. Me impresiona sentir que nos pueden estar observando.

― Sos un ridículo Luis. Estos “lienzos” son de un amateur, rayan con lo patético.

― Los pintó mi viejo. Mirá ese. No será un “Van Gogh” pero está bueno.

― Como se nota que no sabés nada de arte. Este cuadro de mierda no vale ni cincuenta pesos. Me lo llevo, pero olvídate que te dé lo que querías.

― No me cagues Isa, sabés que necesito la guita. Yo miré precios, este cuadro lo puedo vender fácil por quinientos en cualquier casa de decoración.

― Bueno, andá entonces. Vendelo ahí, me hacés un favor.

― Sabés que no puedo. No me negocies. ¿Lo querés o no?

― No me culpes por intentar. Tampoco te hagas el santito vos. Me lo llevo por cien.

Desgraciada. Decí que no quiero meterme, pero flor de patada en el culo te pegaría por querer aprovecharte de mí “hijito”. Qué raro que el viejo verde no se haya asomado a espiar; más cuando Luisito vino con una chica. Ya no se le para, es eso. No quiere cruzarse con una mujer hermosa porque no puede masturbarse después. Me gusta. Que se retuerza. Igual para la cosita triste que tiene ahí… una chica de ahora se le reiría en la cara. Sí, yo sé bien que me acusa de puta, pero lo que no sabe es que en realidad no me alcanzaba con su cosita patética y su sexo primitivo. Estar con él es como cogerse al hombre de Neanderthal. Tantos hombres y me fui a elegir a este eunuco. Hubiera querido tener un tipo de verdad ― seguro ― porque con eso no puede satisfacerme ni a mí, ni a nadie. Viejo hijo de puta, tacaño, vulgar. Tanta visión artística y no sabés distinguir entre una camisa de “la salada” y un traje Armani. Ya te voy a ganar toda la casa y vas a tener que irte al jardín, a vivir como el hippie zen que siempre quisiste ser. No me importa cuánto me lleve. Estoy acá para eso. Mi misión es asegurarme de que seas un miserable. De esta casa no me pienso mover.

― ¿No querés nada más?

― No. Me da impresión llevarme cosas de esta casa. Te lo compro de favor.

― ¡Ahhh! Ahora tengo que agradecerte… gracias por comprarme el cuadro a mitad de precio.

― Basta. Ahora, cambiando de tema, no entiendo por qué no venden la casa.

― Porque no se puede escriturar, ya sabés…

― Yo si soy tu hermana te mando a cagar a trompadas. Por hijo de puta.

― No me digas así… no quise endeudarme. Me salieron mal un par de negocios.

― Mirá boludo a mí no me quieras embaucar como a tu hermana y a tus viejos. Yo sé qué clase de “negocios” hacés.

― Vos no sabés nada. Ellos menos.

― Lo sabe medio barrio. Tranquilamente alguien podría haberles contado.

― Pero no. Si esos infelices vivían enajenados. Ni contacto con el exterior tenían ya. Se murieron de inanición. Se odiaban tanto que ninguno quería salir de la casa porque pensaban que el otro iba a tomar posesión. A mi vieja la encontramos en ese sofá, agarrada a este mismo cuadro; y a mi viejo en la biblioteca, apostado sobre una montaña de ropa de mi vieja. Eran sus botines de guerra.


4 comentarios:

El hombre de Alabama dijo...

Eso es suelo maldito. Muy maldito.

Ada dijo...

¡Qué miedo!

Incógnita dijo...

Si. La miseria de la gente da mucho miedo a veces :)

Anónimo dijo...

Muy bueno, un estilo más directo, mucho diálogo, no visto en lo que escribiste antes, está bueno experimentar.
Es como Casa Tomada, pero sin el misterio, bien directo, como patada a la mandíbula :P